Desarrollo motor y juego físico.

 Durante la niñez media continúa el progreso de las habilidades motoras. Sin embargo, en Estados Unidos un estudio nacional representativo basado en diarios donde se registraban las actividades, su periodicidad y sus tiempos de duración descubrió que los niños de edad escolar dedican menos tiempo cada semana a los deportes y otras actividades al aire libre en comparación.

Los juegos que los niños practican durante el recreo suelen ser informales y de organización espontánea. Los niños participan en juegos con mayor actividad física mientras las niñas prefieren los que incluyen expresión verbal y conteo en voz alta, como la rayuela y saltar la cuerda. Esas actividades ayudan a mejorar la agilidad y la competencia social y favorecen el ajuste a la escuela (Pellegrini, Kato, Blatchford y Baines, 2002). Alrededor de 10% del juego libre de los escolares en los primeros grados consta de juego rudo: luchas, patadas, volteretas, forcejeos y persecuciones que se acompañan a menudo por risas y gritos (Bjorklund y Pellegrini, 2002). Este tipo de juego puede parecerse a las peleas, pero se realiza de manera más juguetona entre amigos (P. K. Smith, 2005a). 
















El juego rudo alcanza su punto más alto en la niñez media; la proporción por lo general disminuye a cerca de 5% a los 11 años, lo mismo que en la niñez temprana (Bjorklund y Pellegrini, 2002). El juego rudo, parece ser universal (Bjorklund y Pellegrini, 2002; Humphreys y Smith, 1984). En todo el mundo, los niños participan más que las niñas en el juego rudo, debido tal vez a las diferencias hormonales y de socialización, y ésta puede ser una razón de la segregación por género durante el juego (Bjorklund y Pellegrini, 2002; Pellegrini et al., 2002; P. K. Smith, 2005a). Desde un punto de vista evolutivo, el juego rudo genera beneficios adaptativos importantes: perfecciona el desarrollo esquelético y muscular, ofrece una práctica segura de las habilidades para la caza y la lucha, y canaliza la agresión y la competencia.

 En una encuesta nacional representativa de niños de nueve a 13 años y sus padres realizada en Estados Unidos, 38.5% informó de la participación en deportes organizados fuera del horario escolar, sobre todo en beisbol, softbol, futbol o baloncesto. Casi el doble de los niños (77.4%) llevaba a cabo actividades físicas no organizadas, como montar en bicicleta y anotar canastas (Duke, Huhman y Heitzler, 2003). Además de mejorar las habilidades motoras, la actividad física regular genera benefi cios inmediatos y a largo plazo para la salud: controla el peso, reduce la presión sanguínea, mejora el funcionamiento cardiorrespiratorio y la autoestima y el bienestar. Los niños activos suelen convertirse en adultos activos; por ello los programas deportivos organizados deberían incluir a tantos niños como fuera posible y enfocarse más en construir habilidades que en ganar competencias (AAP Committee on Sports Medicine and Fitness, 1997; Council on Sports Medicine and Fitnnes y Council on School Health, 2006).

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